Así ha sido mi semana de vacaciones. Es poco tiempo para desconectar, pero he hecho todo lo posible, ¡vive dios!.
Me fui en avión desde Badajoz directamente. En uno de esos chiqui-aviones a los que solo les faltan unos pedales para que los pasajeros ayuden a levantarlo del suelo. Así que el viernes 13, sin miedo al señor de la motosierra y la máscara blanca ni a la presupuesta mala suerte, partí rumbo a tierras baleares mientras cantaba mentalmente: "volaaandooooooooooo volaaandooooo aaa Malloooorcaaaa voooooyyyyyyy aaaa Malloooorcaaa voooooyyyyyy". He de decir, para los lectores fieles, que han remodelado el aeropuerto de Badajoz y ya no tiene nada que ver con mi entrada del año pasado al respecto. Ahora sigue siendo pequeñito, (algooo pequeñitoooo uoouououooo) pero ha quedado muy cuco.
Con media hora de retraso me subí al avión, y a eso de las 8 pm llegué a Mallorca, donde me esperaba mi señor padre para llevarme a casa. Allí, mis perros, que hacía por lo menos un par de meses que no me veían, casi se me comen cuando me bajé del coche. El grande, un perro-lobo de 45 kg, estuvo en un tris de tirarme al suelo. Entre pelos y lametazos perrunos (uy, qué mal me suena esta frase...) conseguí llegar a la puerta de casa y darles respectivos achuchones a mi madre y abuela.
Me contaron que había llovido la noche anterior, pero a mí, aquel fresquito me supo a gloria bendita comparado con la chicharra pacense. Hasta me bañé en la piscina aunque no hiciera mucho calor, ¡estaba deseando lanzarme al agua!.
Esa noche, mi madre como de costumbre tuvo que cocinar kilos y kilos de verdura para la dieta que está haciendo mi padre (que ha perdido alrededor de 10-12 kg, ¡se ha quedado hecho un figurín!), y para ella y mi abuela hizo dos gallos rebozados, gallos de los de pescado, no de los que te despiertan por las mañanas. Entre tanto ajetreo cocinero, mi madre dejó uno de los gallos en la mesa del salón y seguimos preparando el resto de la cena. Cuando llegamos a la mesa ya con todo para ponernos a cenar... ¡el gallo había desaparecido del plato!. La culpable resultó ser mi perra, una pequeña pero increíblemente lista y ágil westie que de un salto trepó a una silla, se encaramó a la mesa y ¡¡se comió el pescado con raspas y todo!!. Mientras nosotros no dábamos crédito a lo que había pasado, ella se relamía toda contenta con su cena especial.
Al día siguiente, mi padre se fue a la península porque tenía asuntos que atender y nos quedamos las tres generaciones de féminas en la casa. Estuve casi todo el "finde" metida en la piscina, con pausas para tomar el sol los 10-15 minutos que aguanto, porque más no puedo: me aburro y me asifxio a partes iguales. Las yemas de mis dedos se han pasado arrugadas una semana. Por algo mi madre me decía "pececito".
El domingo por la tarde llegaron mi padre y mi hermano, también con retraso en su vuelo (bendito agosto...).
Ya que estaba mi hermano, y cuando estamos todos siempre acabamos viendo películas de mafias o de tiros en general, fuimos al cine a ver "Mercenarios"!. Si os gustan las de acción, es un homenaje a esos grandes clásicos ochenteros: todo explota, todo lo queman, tiros y más tiros, república bananera gobernada por tirano americano, chica guapa que hay que salvar... etc. etc. etc. Todo ello con los protagonistas de las pelis de nuestra infancia... y muchas risas (el cameo de Schwarzenegger y Bruce Willis no tiene desperdicio).
El lunes bajamos a bañarnos a "las piedras". Es una especie de acantilado pero sin paredes escarpadas, sino con fosas donde te puedes bañar fácilmente y está el agua limpísima. A mí me encanta bajar a bañarme ahí, es mucho mejor que la playa. Eso sí, necesitas unas zapatillas de goma para no pincharte con las piedras y unas gafas de bucear decentes para ver la cantidad de peces, cangrejos y demás vida marina que hay ahí abajo. Nos lo pasamos como críos, pero cuando subimos para comer vimos que mi hermano se había quemado y tenía la espalda color gamba cocida. El pobre acabó más rojo que un tomate maduro.
Al día siguiente se volvió a Madrid, y tuvo que comprarse un "after-sun" de farmacia para el quemazo que llevaba encima.
El resto de la semana pasó sin prisa pero sin pausa, un día fui a la playa con una prima mía que estaba de visita, otro día más bajé con mi padre a "las piedras", me hinché de comer verduras variopintas, acumulé mimos de mis padres y abuela, descubrimos una tienda francesa que hace unas pastas artesanas riquísimas, jugué con mis perros y hasta me puse morena -¡por fin he abandonado el blanco roto!-.
Y el domingo 22 cogí otro de esos avioncitos, esta vez con una hora de retraso (¡maldito agosto! brrrrrrr) y aterricé, en todos los sentidos, de vuelta en Badajoz. ¡¡ Qué poco dura una semana, cuando es de vacaciones, y qué larga se hace la del retorno al trabajo !!.
Con media hora de retraso me subí al avión, y a eso de las 8 pm llegué a Mallorca, donde me esperaba mi señor padre para llevarme a casa. Allí, mis perros, que hacía por lo menos un par de meses que no me veían, casi se me comen cuando me bajé del coche. El grande, un perro-lobo de 45 kg, estuvo en un tris de tirarme al suelo. Entre pelos y lametazos perrunos (uy, qué mal me suena esta frase...) conseguí llegar a la puerta de casa y darles respectivos achuchones a mi madre y abuela.
Me contaron que había llovido la noche anterior, pero a mí, aquel fresquito me supo a gloria bendita comparado con la chicharra pacense. Hasta me bañé en la piscina aunque no hiciera mucho calor, ¡estaba deseando lanzarme al agua!.
Esa noche, mi madre como de costumbre tuvo que cocinar kilos y kilos de verdura para la dieta que está haciendo mi padre (que ha perdido alrededor de 10-12 kg, ¡se ha quedado hecho un figurín!), y para ella y mi abuela hizo dos gallos rebozados, gallos de los de pescado, no de los que te despiertan por las mañanas. Entre tanto ajetreo cocinero, mi madre dejó uno de los gallos en la mesa del salón y seguimos preparando el resto de la cena. Cuando llegamos a la mesa ya con todo para ponernos a cenar... ¡el gallo había desaparecido del plato!. La culpable resultó ser mi perra, una pequeña pero increíblemente lista y ágil westie que de un salto trepó a una silla, se encaramó a la mesa y ¡¡se comió el pescado con raspas y todo!!. Mientras nosotros no dábamos crédito a lo que había pasado, ella se relamía toda contenta con su cena especial.
Al día siguiente, mi padre se fue a la península porque tenía asuntos que atender y nos quedamos las tres generaciones de féminas en la casa. Estuve casi todo el "finde" metida en la piscina, con pausas para tomar el sol los 10-15 minutos que aguanto, porque más no puedo: me aburro y me asifxio a partes iguales. Las yemas de mis dedos se han pasado arrugadas una semana. Por algo mi madre me decía "pececito".
El domingo por la tarde llegaron mi padre y mi hermano, también con retraso en su vuelo (bendito agosto...).
Ya que estaba mi hermano, y cuando estamos todos siempre acabamos viendo películas de mafias o de tiros en general, fuimos al cine a ver "Mercenarios"!. Si os gustan las de acción, es un homenaje a esos grandes clásicos ochenteros: todo explota, todo lo queman, tiros y más tiros, república bananera gobernada por tirano americano, chica guapa que hay que salvar... etc. etc. etc. Todo ello con los protagonistas de las pelis de nuestra infancia... y muchas risas (el cameo de Schwarzenegger y Bruce Willis no tiene desperdicio).
El lunes bajamos a bañarnos a "las piedras". Es una especie de acantilado pero sin paredes escarpadas, sino con fosas donde te puedes bañar fácilmente y está el agua limpísima. A mí me encanta bajar a bañarme ahí, es mucho mejor que la playa. Eso sí, necesitas unas zapatillas de goma para no pincharte con las piedras y unas gafas de bucear decentes para ver la cantidad de peces, cangrejos y demás vida marina que hay ahí abajo. Nos lo pasamos como críos, pero cuando subimos para comer vimos que mi hermano se había quemado y tenía la espalda color gamba cocida. El pobre acabó más rojo que un tomate maduro.
Al día siguiente se volvió a Madrid, y tuvo que comprarse un "after-sun" de farmacia para el quemazo que llevaba encima.
El resto de la semana pasó sin prisa pero sin pausa, un día fui a la playa con una prima mía que estaba de visita, otro día más bajé con mi padre a "las piedras", me hinché de comer verduras variopintas, acumulé mimos de mis padres y abuela, descubrimos una tienda francesa que hace unas pastas artesanas riquísimas, jugué con mis perros y hasta me puse morena -¡por fin he abandonado el blanco roto!-.
Y el domingo 22 cogí otro de esos avioncitos, esta vez con una hora de retraso (¡maldito agosto! brrrrrrr) y aterricé, en todos los sentidos, de vuelta en Badajoz. ¡¡ Qué poco dura una semana, cuando es de vacaciones, y qué larga se hace la del retorno al trabajo !!.

2 comentarios:
nos ha encantado.besos.esperamos ke te valla bien.somos mayte y maria
¡Gracias chicas! os mandaré un mail con la dirección del blog nuevo cuando lo inaugure desde los fríos nórdicos.
Un besote
Publicar un comentario