miércoles, 25 de agosto de 2010

Corta pero intensa

Así ha sido mi semana de vacaciones. Es poco tiempo para desconectar, pero he hecho todo lo posible, ¡vive dios!.
Me fui en avión desde Badajoz directamente. En uno de esos chiqui-aviones a los que solo les faltan unos pedales para que los pasajeros ayuden a levantarlo del suelo. Así que el viernes 13, sin miedo al señor de la motosierra y la máscara blanca ni a la presupuesta mala suerte, partí rumbo a tierras baleares mientras cantaba mentalmente: "volaaandooooooooooo volaaandooooo aaa Malloooorcaaaa voooooyyyyyyy aaaa Malloooorcaaa voooooyyyyyy". He de decir, para los lectores fieles, que han remodelado el aeropuerto de Badajoz y ya no tiene nada que ver con mi entrada del año pasado al respecto. Ahora sigue siendo pequeñito, (algooo pequeñitoooo uoouououooo)  pero ha quedado muy cuco.
Con media hora de retraso me subí al avión, y a eso de las 8 pm llegué a Mallorca, donde me esperaba mi señor padre para llevarme a casa. Allí, mis perros, que hacía por lo menos un par de meses que no me veían, casi se me comen cuando me bajé del coche. El grande, un perro-lobo de 45 kg, estuvo en un tris de tirarme al suelo. Entre pelos y lametazos perrunos (uy, qué mal me suena esta frase...) conseguí llegar a la puerta de casa y darles respectivos achuchones a mi madre y abuela.
Me contaron que había llovido la noche anterior, pero a mí, aquel fresquito me supo a gloria bendita comparado con la chicharra pacense. Hasta me bañé en la piscina aunque no hiciera mucho calor, ¡estaba deseando lanzarme al agua!.

Esa noche, mi madre como de costumbre tuvo que cocinar kilos y kilos de verdura para la dieta que está haciendo mi padre (que ha perdido alrededor de 10-12 kg, ¡se ha quedado hecho un figurín!), y para ella y mi abuela hizo dos gallos rebozados, gallos de los de pescado, no de los que te despiertan por las mañanas. Entre tanto ajetreo cocinero, mi madre dejó uno de los gallos en la mesa del salón y seguimos  preparando el resto de la cena. Cuando llegamos a la mesa ya con todo para ponernos a cenar... ¡el gallo había desaparecido del plato!. La culpable resultó ser mi perra, una pequeña pero increíblemente lista y ágil westie que de un salto trepó a una silla, se encaramó a la mesa y ¡¡se comió el pescado con raspas y todo!!. Mientras nosotros no dábamos crédito a lo que había pasado, ella se relamía toda contenta con su cena especial.

Al día siguiente, mi padre se fue a la península porque tenía asuntos que atender y nos quedamos las tres generaciones de féminas en la casa. Estuve casi todo el "finde" metida en la piscina, con pausas para tomar el sol los 10-15 minutos que aguanto, porque más no puedo: me aburro y me asifxio a partes iguales. Las yemas de mis dedos se han pasado arrugadas una semana. Por algo mi madre me decía "pececito".

El domingo por la tarde llegaron mi padre y mi hermano, también con retraso en su vuelo (bendito agosto...).
Ya que estaba mi hermano, y cuando estamos todos siempre acabamos viendo películas de mafias o de tiros en general, fuimos al cine a ver "Mercenarios"!. Si os gustan las de acción, es un homenaje a esos grandes clásicos ochenteros: todo explota, todo lo queman, tiros y más tiros, república bananera gobernada por tirano americano, chica guapa que hay que salvar... etc. etc. etc. Todo ello con los protagonistas de las pelis de nuestra infancia... y muchas risas (el cameo de Schwarzenegger y Bruce Willis no tiene desperdicio).

El lunes bajamos a bañarnos a "las piedras". Es una especie de acantilado pero sin paredes escarpadas, sino con fosas donde te puedes bañar fácilmente y está el agua limpísima. A mí me encanta bajar a bañarme ahí, es mucho mejor que la playa. Eso sí, necesitas unas zapatillas de goma para no pincharte con las piedras y unas gafas de bucear decentes para ver la cantidad de peces, cangrejos y demás vida marina que hay ahí abajo. Nos lo pasamos como críos, pero cuando subimos para comer vimos que mi hermano se había quemado y tenía la espalda color gamba cocida. El pobre acabó más rojo que un tomate maduro.
Al día siguiente se volvió a Madrid, y tuvo que comprarse un "after-sun" de farmacia para el quemazo que llevaba encima.

El resto de la semana pasó sin prisa pero sin pausa, un día fui a la playa con una prima mía que estaba de visita, otro día más bajé con mi padre a "las piedras", me hinché de comer verduras variopintas, acumulé mimos de mis padres y abuela, descubrimos una tienda francesa que hace unas pastas artesanas riquísimas, jugué con mis perros y hasta me puse morena -¡por fin he abandonado el blanco roto!-.

Y el domingo 22 cogí otro de esos avioncitos, esta vez con una hora de retraso (¡maldito agosto! brrrrrrr) y aterricé, en todos los sentidos, de vuelta en Badajoz. ¡¡ Qué poco dura una semana, cuando es de vacaciones, y qué larga se hace la del retorno al trabajo !!. 

lunes, 9 de agosto de 2010

La marca

Os estaréis preguntando... ¿marca de agua? ¿marca blanca? ¿la marca del zorro?. Pues ninguna de esas. Es que por fin, después de tres días de playa (no consecutivos) y alguno de piscina... empiezo a tener ¡la marca del BIKINI!. Eso, para alguien con mi color blanco roto es todo un logro. Y es que, a mí no me gusta tomar el sol y menos con los calores extremos que estoy sufriendo últimamente, pero gracias a que este fin de semana he estado en remojo en sitios diversos, he conseguido pasar del blanco roto al blanco oscuro.

¿Y porqué he estado por ahí de picos pardos? Pues porque este finde he tenido la visita de... ¡la pequeña gran E!. Llegó el viernes y me acerqué a recogerla a Cáceres, porque el autobús Salamanca-Badajoz es una auténtica pesadilla de 5 horas que para en todos los pueblos y apeaderos posibles. Si en Badajoz teníamos a las 6 de la tarde una "agradable" (no sé si las comillas y la cursiva son suficientes para los kilos de ironía que lleva el adjetivo en cuestión) temperatura de 39ºC, en Cáceres tan solo había un gradito menos, 38ºC. Así que nada más bajar del autobus la pobre E. ya comprobó lo que es la chicharra extremeña en todo su esplendor.
Ya en la capital pacense, en casa de una servidora y con el aire acondicionado puesto, se podía sobrevivir. Pero más tarde salimos a cenar, y a las 10 de la noche seguía haciendo un calorazo tremendo (más de treinta grados). A pesar de ello, observamos con una mezcla de sorpresa y fascinación que los pacenses estaban tan contentos llenando las terrazas con sus abanicos y sus tintos de verano. Como diría Astérix, ¡¡están locos estos pacenses!!.

Cenamos en un sitio que se llama "Nuevas Redes", que está en la plaza de Pitusa (para los pacenses) o en plaza de las Américas para los foráneos. Le estoy dando publicidad gratuita porque cenamos muy requetebién. Creo que salvo en Santiago no he comido un pulpo a la gallega tan rico en ningún sitio. Nos pusieron un pulpo pequeñito entero, sobre una cama de patatas panaderas con pimentón de la Vera. EX-QUI-SI-TO. Aparte de otras cosas ricas, pero eso fue lo más impactante y la especialidad del lugar. Además, el dueño es un salmantino al que le caimos bien (creo que tenía morriña de su tierra) y nos trató estupendamente.

Acabamos con un empacho bastante considerable, que intentamos mitigar con un paseo hacia el centro y un par de copazos en bares diversos. No nos fuimos a casa muy tarde, porque el sábado tocaba... ¡¡IR A LA PLAYA!!. Así que a la mañana siguiente recogimos a las rondeñas y a P., y el club de las solteras al completo se trasladó a la costa de Caparica (cruzando recto Portugal desde Badajoz hasta el mar) para disfrutar de un día de sol, pescadito y las frías aguas del Atlántico. Allí, aunque hacía calor, se estaba muy bien. Y el agua está tan fría que se agradece. Bueno, salvo cuando una ola con más fuerza que Hulk cabreado te da un empujón y acabas rodando por el fondo marino... menos mal que me cubría por la rodilla, porque si no igual no salgo. Tragué más agua que un tonto. Y luego estuve media hora sonándome la nariz. Ahora entiendo por qué en la farmacia venden esprays de agua marina para limpiarte las fosas nasales. Me quedaron las mucosas como una patena.

Volvimos a Badajoz ya tarde, llegamos a eso de las 11 de la noche, y aquí había una temperatura de unos 36ºC. Lo sé, es demencial. Tras una duchita para quitarnos la arena y una cena ligera salimos a tomar un "mojito". Como el día anterior, comprobamos estupefactas que las terrazas estaban llenas a reventar con el calor que hacía. Mmmmm... un experimento replicable, estoy a punto de formular un teorema...

Al día siguiente aprovechamos para levantarnos todo lo tarde que la chicharra nos dejó, porque mi casa por las mañanas recibe todo el sol del mundo mundial, y a las 10 más o menos estás mejor en la calle que dentro. Ese día, domingo para más señas, fuimos a comer y pasar la tarde a las piscinas naturales de la Codosera. Allí creo que sufrí un mini-golpe de calor: no había desayunado, hacía un calor de mil demonios y cuando llegamos al chiringuito del río-piscina-whatever para comer tardaron una barbaridad en servirnos. Así que me empezó a entrar un dolor de barriga tremendo sumado a unos calores terribles, comencé a sudar profusamente, se extendió el malestar general... vamos, que menos mal que me metí luego en el agua helada y se me pasó un poco, pero me veía yendo al hospital. Con un gelocatil y una buena siesta me acabé de reponer casi del todo.

Ayer lunes, yo me fui a trabajar al punto la mañana como buena currante, y dejé a E. intentando mantener el sueño a pesar del calor. A la pobre le dio pereza salir a hacer turismo con la chicharra y se quedó en casa hasta el mediodía, cuando vino a buscarme. Lo más gordo es que vino a buscarme ¡¡ANDANDO!! ¡Y HABRÍA 37ºC POR LO MENOS!. Menos mal que se compró una botellita de agua y llevaba unos micro-shorts muy fresquitos (que además causaron sensación por el puente Real... los pacenses no tiene vergüenza ninguna en soltar piropos y/o lo primero que se les alcanza a las mujeres). Así que allí se presentó, media hora después y sudando, pero sana y salva. Menos mal que luego pudo recuperar sales minerales con unas cañitas y una fritura de pescado...
Hacía tanto calor cuando acabamos de comer, que en vez de ir a la piscina optamos por meternos al cine, que estaba al lado. Vimos "Origen". A mí me encantó, como todas las películas extrañas y futuristas con tintes de tragedia apocalíptica, pero a E le pareció que no había entendido nada y que esas películas te hacen parecer tonto. En realidad, yo creo que cada uno las entiende a su manera.

Y con esto llegamos a hoy, martes, donde la chicharra me sigue torturando. Esta mañana llevé a E a la estación de autobuses, donde partió hacia tierras más frescas donde aunque hace calor se puede respirar. Confío en que se lo ha pasado bien a pesar de este clima sub-sahariano.

Así que esa ha sido mi reciente visita. Yo me he quedado aquí, rezándole a san Judas Tadeo (ese es el de las causas perdidas, no?) para que bajen las temperaturas. Con todo el dolor de mi corazón he comprobado hace un rato que aquí seguimos en la cresta de la ola. La ola de calor, claro...