Este título tan surrealista, al igual que casi todo en esta vida, tiene una explicación. Hoy voy a hablar de esas grandes olvidadas: las tiendas de ultramarinos.
Desde que nacieron los carrefures, mercadonas, sabecos y demás "hipers" y "supers", y desde que la gente vive en urbanizaciones que no tienen ni un triste kiosko, las tiendas de barrio han ido perdiendo clientela. En los barrios de toda la vida, siguen funcionando, por lo cómodo de bajar en zapatillas de estar por casa y con los rulos a por un par de manzanas o unas pechugas de pollo. Pero en muchos casos la gente prefiere coger el coche, aparcarlo fácilmente y comprar todo de una vez.
En las ciudades grandes prácticamente han desaparecido las tiendas de ultramarinos porque ya no tienen mercado. Algunas de las que quedan se han reconvertido en "delicatessen": anchoas del cantábrico, bonito del norte, patatas de añavieja... En Soria aún queda alguna de las tradicionales, pero ya poquitas. Allí aún triunfan la panadería y carnicería de toda la vida, el trato personalizado (Pepa, que hoy tengo unos calamares frescos frescos!), la calidad del producto (ese cordero soriano... ñam ñam) y el poder marujear un rato (mira la Paca qué teñido más feo lleva...), todo por el mismo precio. Así mantienen la clientela estos "chiquicomercios".
Y... llegué a Badajoz. Aquí hay dos carrefures y tropecientos mercadonas. Así que para las compras grandes no tengo problema. Peeero! resulta que la provincia de Badajoz tiene una huerta estupenda, producción propia de todo lo habido y por haber, y eso, en los hipermercados, pues no suele estar. En mis primeros días en mi nuevo barrio me dediqué a reconocer el terreno. Así descubrí una tiendecita de ultramarinos que hay en el bloque de al lado, superhipermegacerca de mi casa. Entré un día porque vi que vendían fruta y pensé que era una frutería. La tienda es como un pasillo, estrechita y larga, con la fruta a la izquierda y al fondo algo de droguería, latas, chucherías... compré algo de fruta y estaba "BUENISÍSIMA"!. Así que decidí dejar de comprar fruta y verdura con sabor a plástico y pasarme a la tiendecita del barrio. Pero no sólo está genial el producto, sino que el trato no tiene naaaaadaaa que ver. La dependienta, una señora encantadora con mandil y su acentillo extremeño me dijo: "a ver hiha, qué mah te pongo. Ehtoh melocotoneh han venío mu buenoh. Quiereh arguna cosita mah?". Vamos, que me ganó. Con eso y con los melocotones, que estaban de morirse.
Cada vez que bajo me hace gracia ver las escenas típicas de mi infancia, es como viajar en el tiempo:
-Ay Mari! no tengo suerto, ehta tarde te lo traigo. Ha venío mi marío antes? (la maruja)
-Si, pero no sé si se llevó la sandía, mi niña
-Me das un calipo? (el niño que ya dejan bajar a comprarse chuches)
-Si, y te debo dinero q'ayer se te orvidaron lah vuertah!
-Y tu hiha? ya se ha casao? (la clienta habitual)
-Si, ehta mu contenta con er marío, ya viven en su casa.
-Te voy poniendo la fruta aquí encima, vale? (yo misma, revolviendo tomates con ciruelas en la misma bolsa...)
-Mu bien, arguna cosita mah?
...
Uno de los últimos días que bajé a la tienda me acordé de cuando era pequeña. Entonces mis padres tenían una casa en un "micropueblo" de la provincia de Soria. Ahora tiene tres casas rurales y creo que hasta bares, pero entonces no tenía nada. Por no tener, no tenía ni gente: un solo habitante en invierno!. Era la señora del teléfono, que tenía como una cabina dentro de su casa, y te cobraba por los pasos que habías hablado. Siempre me hizo mucha gracia. No había bares, ni tiendas... así que teníamos que ir a un pueblo cercano cuando queríamos comprar algo. En ese pueblo había una tienda de ultramarinos que me hacía mucha gracia: tenía estanterías hasta el techo, una barra de madera en forma de "L" y podías comprar casi cualquier cosa. Allí encontrabas desde chocolate negro (ñam!) hasta alpargatas de esparto, que era el único calzado que usaba en esos veranos. Lo entrañable de aquella tiendecita de pueblo lo he vuelto a encontrar en la tiendecita de la esquina en Badajoz, y me ha hecho ponerme un poquillo nostálgica. Cambian tanto las cosas en unos pocos años...
En fin, aquí queda mi reivindicación del comercio tradicional, que me estoy poniendo sentimental, y eso sí que no. Intentaré no tener esto tan dejado, últimamente estoy poco inspirada. De hecho, el borrador de esta entrada lleva unos cuantos días esperando. Ay! Será el otoño, que nos pone ñoños... jajajajajaaaaa
Desde que nacieron los carrefures, mercadonas, sabecos y demás "hipers" y "supers", y desde que la gente vive en urbanizaciones que no tienen ni un triste kiosko, las tiendas de barrio han ido perdiendo clientela. En los barrios de toda la vida, siguen funcionando, por lo cómodo de bajar en zapatillas de estar por casa y con los rulos a por un par de manzanas o unas pechugas de pollo. Pero en muchos casos la gente prefiere coger el coche, aparcarlo fácilmente y comprar todo de una vez.
En las ciudades grandes prácticamente han desaparecido las tiendas de ultramarinos porque ya no tienen mercado. Algunas de las que quedan se han reconvertido en "delicatessen": anchoas del cantábrico, bonito del norte, patatas de añavieja... En Soria aún queda alguna de las tradicionales, pero ya poquitas. Allí aún triunfan la panadería y carnicería de toda la vida, el trato personalizado (Pepa, que hoy tengo unos calamares frescos frescos!), la calidad del producto (ese cordero soriano... ñam ñam) y el poder marujear un rato (mira la Paca qué teñido más feo lleva...), todo por el mismo precio. Así mantienen la clientela estos "chiquicomercios".
Y... llegué a Badajoz. Aquí hay dos carrefures y tropecientos mercadonas. Así que para las compras grandes no tengo problema. Peeero! resulta que la provincia de Badajoz tiene una huerta estupenda, producción propia de todo lo habido y por haber, y eso, en los hipermercados, pues no suele estar. En mis primeros días en mi nuevo barrio me dediqué a reconocer el terreno. Así descubrí una tiendecita de ultramarinos que hay en el bloque de al lado, superhipermegacerca de mi casa. Entré un día porque vi que vendían fruta y pensé que era una frutería. La tienda es como un pasillo, estrechita y larga, con la fruta a la izquierda y al fondo algo de droguería, latas, chucherías... compré algo de fruta y estaba "BUENISÍSIMA"!. Así que decidí dejar de comprar fruta y verdura con sabor a plástico y pasarme a la tiendecita del barrio. Pero no sólo está genial el producto, sino que el trato no tiene naaaaadaaa que ver. La dependienta, una señora encantadora con mandil y su acentillo extremeño me dijo: "a ver hiha, qué mah te pongo. Ehtoh melocotoneh han venío mu buenoh. Quiereh arguna cosita mah?". Vamos, que me ganó. Con eso y con los melocotones, que estaban de morirse.
Cada vez que bajo me hace gracia ver las escenas típicas de mi infancia, es como viajar en el tiempo:
-Ay Mari! no tengo suerto, ehta tarde te lo traigo. Ha venío mi marío antes? (la maruja)
-Si, pero no sé si se llevó la sandía, mi niña
-Me das un calipo? (el niño que ya dejan bajar a comprarse chuches)
-Si, y te debo dinero q'ayer se te orvidaron lah vuertah!
-Y tu hiha? ya se ha casao? (la clienta habitual)
-Si, ehta mu contenta con er marío, ya viven en su casa.
-Te voy poniendo la fruta aquí encima, vale? (yo misma, revolviendo tomates con ciruelas en la misma bolsa...)
-Mu bien, arguna cosita mah?
...
Uno de los últimos días que bajé a la tienda me acordé de cuando era pequeña. Entonces mis padres tenían una casa en un "micropueblo" de la provincia de Soria. Ahora tiene tres casas rurales y creo que hasta bares, pero entonces no tenía nada. Por no tener, no tenía ni gente: un solo habitante en invierno!. Era la señora del teléfono, que tenía como una cabina dentro de su casa, y te cobraba por los pasos que habías hablado. Siempre me hizo mucha gracia. No había bares, ni tiendas... así que teníamos que ir a un pueblo cercano cuando queríamos comprar algo. En ese pueblo había una tienda de ultramarinos que me hacía mucha gracia: tenía estanterías hasta el techo, una barra de madera en forma de "L" y podías comprar casi cualquier cosa. Allí encontrabas desde chocolate negro (ñam!) hasta alpargatas de esparto, que era el único calzado que usaba en esos veranos. Lo entrañable de aquella tiendecita de pueblo lo he vuelto a encontrar en la tiendecita de la esquina en Badajoz, y me ha hecho ponerme un poquillo nostálgica. Cambian tanto las cosas en unos pocos años...
En fin, aquí queda mi reivindicación del comercio tradicional, que me estoy poniendo sentimental, y eso sí que no. Intentaré no tener esto tan dejado, últimamente estoy poco inspirada. De hecho, el borrador de esta entrada lleva unos cuantos días esperando. Ay! Será el otoño, que nos pone ñoños... jajajajajaaaaa
4 comentarios:
jajajaja, la conversacion es total!!!! con su acento y tó jajaja.Bea de España
hombreeeee, es que sin el acento no es lo mismo! XD
Me encanta Marta, a mi tambien me ha recordado a mis veranos en el pueblo, cuando iba a la tienda e igual daba comprar un flash de cocacola, una hogaza de pan gigante (que era casi más grade que yo! cosa no muy complicada por otra parte, ja, ja!) o las alpargatas...
Déjate de hacer PCRs y buscate un buen editor que te publique todo esto (Igual el de J.K: Rowling está en el paro, como Harry Poter se ha termiando!)...
Besos
que bueno, la verdad... yo aun recuerdo la tienda que había en mi barrio... de hecho, tuvimos un local ahí alquilado ;P
No, pero es cierto, yo recuerdo cuando era pequeño, que tenias que ir, sin salir del barrio, a la panaderia, a la polleria, a la carnicería, a la pescadería y al ultramarinos para tener una compra que hoy en día tienes en dos horas. Eso si, sin sabor, y sin gracia.
Publicar un comentario