Estimados lectorcillos, esta vez no he dejado pasar tanto tiempo para actualizar. Hay una buena razón: que he hecho un montón de cosas en estas tres semanas!!.
Hace dos semanas celebramos la festividad de los santos. La noche de Halloween me gusta mucho, porque siempre he sido bastante bruja (en el sentido de mala, no me pidáis que os toque la lotería), y lo de disfrazarme me encanta!. Pero el día de Todos los Santos no es santo (valga la redundancia), de mi devoción. En Soria, da la impresión de que la gente solo se acuerda ese día de que tiene familiares que han pasado a mejor vida. Vas al cementerio con tus flores (o sin ellas, al gusto de cada uno), y ves a la gente paseando por allí como si fuera el "Collao", vestidos de domingo, y saludando a la concurrencia:
- Hombreeeee, qué vida?
- Pues como siempre
- Qué mayor está tu chica!
- Si, ya me va haciendo viejo...
Etc., etc., etc.
Que digo yo, y para "alternar", porqué no se van a "la Herradores", se echan una cervecita y dejan tranquila a la pobre gente que anda allí con su pena?
Bueno, que me estoy yendo por los cerros de Úbeda. No voy a debatir sobre el día de los Santos, porque además este año me ha pillado en Badajoz. En principio, tenía pensado ir a Soria, pero rodear Madrid en días de pre- y post- puente puede ser terrible. Así que lo he dejado para el de diciembre, que es más largo y así te puedes tomar el atasco con más filosofía.
Total, que tres días festivos y Extremadura en todo su esplendor otoñal. Un amigo mío (que se apunta a un bombardeo, todo hay que decirlo), decidió venir a verme y pasar un puente turístico rodando por las carreteras de España. Y eso hicimos, el sábado 31 nuestro primer destino fue Portugal. La frontera está a 6 km de Badajoz, así que puedes ir a tomar el vermú y volver.
La zona de Portugal que limita con Badajoz y se extiende hasta casi Lisboa y Setúbal es la región del Alentejo. Es un área rural que se parece a la dehesa salmantina y extremeña, con algunos pueblecitos muy pintorescos, algunos con su castillo y todo.
He de decir en favor de Portugal , que nos lleva una ventaja bestial en tema infraestructuras públicas: hay autopistas de norte a sur, de este a oeste y por todas partes entre medias. Eso sí, son todas de pago, pero merece la pena: buen firme, poco tráfico y un montón de gasolineras. Y lo más curioso, hay un cartelito antes de cada una con los precios de la gasolina y los km que faltan hasta la siguiente. Parecido a España, que a veces parece un capítulo de CSI: una joven perdida en el desierto, donde la próxima gasolinera está a 400 km... los chacales aúllan relamiéndose con su posible cena y el típico psicópata acecha en lontananza. Pues si le quitas el desierto y le pones pinos tienes el tramo entre Valladolid-Soria o Burgos-Soria. Espero, eso sí, que sin psicópatas!.
Volviendo a nuestra ruta, dentro del Alentejo, uno de los principales núcleos turísticos es Évora, declarada patrimonio de la humanidad. Así que ese fue el destino al que primero dirigí mis pasos (bueno, mis ruedas). Évora es un pueblo que ya visité en una excursión a Lisboa que hice con la facultad. Recuerdo que me pareció un sitio muy bonito, pero lo vimos deprisa y corriendo. Así que tenía ganas de volver y verlo en condiciones. Está a unos 80 km de Badajoz, y, como os he dicho antes, toooodo el camino de autopista.
Al rato de ir conduciendo caigo en la cuenta de que en Portugal hay... una hora menos!!!. Así que en vez de las 9 de la mañana son las 8 y estarán todos los monumentos cerrados... qué desastre!. Así que claro, no había ni un alma por la carretera, un sábado a las 8...
Decidimos igualmente parar en Évora, aunque solo fuera para desayunar. Aparqué en una placita y nos dirigimos a patita, y por pura intuición, hacia donde se veían las torrecitas de una iglesia grande. Tuvimos suerte porque acabamos llegando a la plaza mayor. Todo el pueblo son casitas blancas, alguna con la fachada alicatada de los típicos azulejos pintados portugueses, rejas en las ventanas y las carreteras con adoquines. Muy típico todo. En la plaza mayor, una cafetería abierta!! Aleluya!!. Otra de las grandes cosas de Portugal es la comida, en particular la bollería y los dulces en general. En esa cafetería estaban sacando del horno bandejas de cosas ricas recién hechas... ñam ñam!. Me pedí un té negro (um cha preto), con una tartaleta de manzana que estaba de muerte natural. Así, con algo de glucosa llegando a mi cerebro, ya sí podía empezar a hacer turismo. En esa plaza (Praça de Giraldo), además del ayuntamiento y unos soportales con bares, hay una bonita fuente y una iglesia donde no pudimos entrar porque, aunque había un señor limpiando la entrada con una manguera, no nos dejó pasar porque estaba cerrado. Así que volvimos a usar el truco de: sigue hacia la torre más alta. Así conseguimos llegar a la catedral. Nunca he podido ver por dentro esta catedral, yo no sé si suelen abrirla al público. Si la rodeas, por uno de los lados está el popularmente conocido como Templo de Diana (y mal llamado, por lo que he leído en internet). Es como encontrarte de repente con un cachito del partenón, ahí, en medio del pueblo.

Detrás del templo hay un trocito de la antigua muralla y un mirador hacia el sur del pueblo, que es la parte nueva y no tiene nada de particular. Al otro lado del templo está la Posada dos Loios, que ahora es un hotel, creo, y debe tener una capillita muy mona (pero que estaba cerrada también...). Dieron las nueve en el reloj de alguna de las múltiples iglesias y decidimos volver a la plaza mayor para que nos dieran un plano en turismo y decidir qué más ver. En el camino, en un plaza pequeñísima, entramos en una iglesia que por fuera no tiene nada de particular, pero que por dentro es preciosa. Está absolutamente toda pintada con frescos en las paredes, el techo... por desgracia ni idea de cómo se llama. Está bajando de la catedral hacia la plaza de Giraldo, creo que junto a una calle que según el mapa puede ser el Largo de S. Tiago. En fin, que os recomiendo que la busquéis y callejeéis un poco, es un pueblo que merece perderse y dar unas vueltecillas (y esto, viniendo de una adicta a los mapas, es muy fuerte!!).
Plano en mano, mi amigo se empeñó en ver el "castelo velho". Y no hubo manera de encontrarlo. Creo que solo quedaba viva una pared, así que fue un poco chasco. Después, fuimos a la iglesia de San Francisco, que es bonita, pero su mayor atractivo turístico está en la parte del claustro, por donde se entra a la famosa "capilla de los huesos" (Capela dos Ossos). Es una de estas capillas inquietantes que han salido en algún programa de "Cuarto Milenio", donde las paredes y el techo están enteramente forrados de huesos de gente: calaveras y huesitos varios. En la entrada se lee la famosa inscripción "nosotros, huesos que aquí estamos, por los vuestros esperamos". Todo muy tétrico, pero tenía muchas ganas de verla. Es bastante pequeñita, pero la verdad es que impresiona. Es el único sitio donde pagamos por entrar, pero fue barato, como uno o dos euros.
Tras ver San Francisco decidimos continuar nuestro camino. Pusimos rumbo a la zona de Setúbal, donde yo quería ir a ver el parque natural de la Arrábida. Hay desde Évora otros 80-90 km. Cruzas entero el pueblo, siguiendo en dirección de S'Arrábida-praias. Y de repente pasas de estar en un pueblo costero a estar en medio del monte, con árboles a ambos lados, una montaña que flipas a la derecha y un precipicio hacia el mar a la izquierda. La tremenda faena fue que cuando entramos en esa zona, se echó una niebla espesa espesa, era como ir atravesando leche condensada. Una pena, porque ese paisaje es muy muy bonito, pero no se veía tres encima un burro!!. Llegamos a la playa de Figueirinha, una de las playas más cercanas para los pacenses. El sitio está muy bien, pero con aquel tiem
po, y a las 10 de la mañana solo había algún otro loco paseando, gente haciendo footing, ciclistas y unos cuantos tíos en piragua que salían como de la nada, vaya susto. Yo, que soy muy burra y cabezona, ya que estaba allí tenía que meter los pies por lo menos!. Y eso hice, y joder! qué fría está el agua del Atlántico!. Además, vino una ola, muy maja ella, y me puse de agua hasta arriba. Total, que volví para el coche con lo vaqueros mojados y los pies llenos de arena en las zapatillas (y así me quedé el resto del día...). Unos kilómetros más adelante, está el Portinho da Figueirinha, que es un sitio muy cuco, con un restaurante y un hotel, unas cuantas barquitas, todo muy pequeñito. Eso incluye la carretera, que es estrechísima (hay hasta un semáforo para que no te cruces con nadie en sentido contrario), y con tanta pendiente que parece un tobogán. Si alguien se decide a ir que vaya despacito en ese trozo si no quiere acabar en el agua.
De allí volvimos a Setúbal, mi gozo en un pozo por la niebla de las narices. Subimos a una especie de castillo-fuerte que está en una montaña sobre el pueblo. No me acuerdo del nombre. Ahora es un hotel, como la mayoría de los sitios históricos que no se caen a pedazos. En este, para sacar dinero, tenían expuesto en la entrada un coche. Quedaba fatal, no pegaba ni con cola. ahí con las murallas medievales. En fin, de algún sitio hay que sacar fondos para restaurar estas cosas.
No hace falta entrar al hotel para poder ver las vistas, que son lo más bonito. Se divisa todo el mar hacia un lado, y el monte, con sus molinos y sus casonas al otro. Y puedes jugar a subirte por las minialmenas y hacer un poco el cabra, que es algo que siempre me ha gustado (que se lo pregunten a mis padres, de cuando íbamos a Valonsadero y los niños parecían dos cabrillas montesas por las piedras).
Tras un buen surtido de fotos desde las alturas, bajamos al pueblo. Aunque era un poco pronto, fuimos a comer, porque los portugueses son muy europeos para eso, y a la 13:30 ya estaban todos "jalando". Escogimos un restaurante con terraza que estaba lleno de gente de allí (eso suele ser un buen indicador de calidad), y nos pusimos de marisco hasta arriba. Por 20 euritos por cabeza una bandeja de gambas, otra de almejas y un centollo gigante (una sapateira), con lo de enmedio hecho pasta para untar, pan tostadito...ñam ñam!!.
Con el estómago lleno, cogimos el coche de nuevo y marchamos rumbo a Lisboa. Hay poca distancia entre Setúbal y Lisboa, como 50 km. Ya era un poco tarde, y no iba a dar tiempo de ver mucho, pero aún así, decidimos probar suerte. Entré a Lisboa por la parte norte, y ahí siguiendo las señales de "centro ciudad", y el fantástico GPS interno heredado de mi señor padre, pude llegar sin preguntarle a nadie hasta la praça du Rossio. Y hacía como 8 años de la última vez que había estado!. A veces adoro mis genes!!!.
En el centro, paseíto por las calles peatonales hasta la praça du Comercio (que está toda en obras y no se ve nada, una mierda, si vais a ir mirarlo antes), compra de algún souvenir y coger el coche porque se estaba haciendo muy tarde (no por la hora, sino por el sol, que empezaba a escasear). Subimos hasta el Castillo de San Jorge. He de decir que solo tiene una entrada, y por mi cabezonería dimos una vuelta terrible... ejem. Pero así vimos las vistas desde los cuatro puntos cardinales... algo bueno tenía que tener la metedura de pata. Ya en el castillo, nos dio tiempo a hacer unas pocas fotos y de repente ya era de noche cerrada. Eso sí, tengo unas fotos de atardecer lisboeta (se dice así, creo) preciosísísísísísímaaaas!. El exterior estaba iluminado, pero el interior no, pa'habernos matao!, allí brincando por las murallas a oscuras. Eso sí, estaba perfecto para celebrar Halloween, que era esa noche!. Hasta había alguno que iba disfrazado ya.

Ya súper tarde y con un dolor de pies considerable tras todo el día pateándonos Portugal y de un lado a otro como los feriantes, volvimos a Badajoz.
Nos dio tiempo hasta de ver el segundo tiempo del partido del atleti, que casi mejor no haberlo visto, porque menuda paliza. Sobre todo para mi amigo, atlético hasta la médula, que se quedó más depre... a ver si el atleti espabila, porque vaya temporadita nos está dando, cagüentoloquesemenea!.
Otro día, más. Que llevo aquí un buen rato contando batallitas viajeras. Si habéis leído hasta el final, GRACIAS!
Hace dos semanas celebramos la festividad de los santos. La noche de Halloween me gusta mucho, porque siempre he sido bastante bruja (en el sentido de mala, no me pidáis que os toque la lotería), y lo de disfrazarme me encanta!. Pero el día de Todos los Santos no es santo (valga la redundancia), de mi devoción. En Soria, da la impresión de que la gente solo se acuerda ese día de que tiene familiares que han pasado a mejor vida. Vas al cementerio con tus flores (o sin ellas, al gusto de cada uno), y ves a la gente paseando por allí como si fuera el "Collao", vestidos de domingo, y saludando a la concurrencia:
- Hombreeeee, qué vida?
- Pues como siempre
- Qué mayor está tu chica!
- Si, ya me va haciendo viejo...
Etc., etc., etc.
Que digo yo, y para "alternar", porqué no se van a "la Herradores", se echan una cervecita y dejan tranquila a la pobre gente que anda allí con su pena?
Bueno, que me estoy yendo por los cerros de Úbeda. No voy a debatir sobre el día de los Santos, porque además este año me ha pillado en Badajoz. En principio, tenía pensado ir a Soria, pero rodear Madrid en días de pre- y post- puente puede ser terrible. Así que lo he dejado para el de diciembre, que es más largo y así te puedes tomar el atasco con más filosofía.
Total, que tres días festivos y Extremadura en todo su esplendor otoñal. Un amigo mío (que se apunta a un bombardeo, todo hay que decirlo), decidió venir a verme y pasar un puente turístico rodando por las carreteras de España. Y eso hicimos, el sábado 31 nuestro primer destino fue Portugal. La frontera está a 6 km de Badajoz, así que puedes ir a tomar el vermú y volver.
La zona de Portugal que limita con Badajoz y se extiende hasta casi Lisboa y Setúbal es la región del Alentejo. Es un área rural que se parece a la dehesa salmantina y extremeña, con algunos pueblecitos muy pintorescos, algunos con su castillo y todo.
He de decir en favor de Portugal , que nos lleva una ventaja bestial en tema infraestructuras públicas: hay autopistas de norte a sur, de este a oeste y por todas partes entre medias. Eso sí, son todas de pago, pero merece la pena: buen firme, poco tráfico y un montón de gasolineras. Y lo más curioso, hay un cartelito antes de cada una con los precios de la gasolina y los km que faltan hasta la siguiente. Parecido a España, que a veces parece un capítulo de CSI: una joven perdida en el desierto, donde la próxima gasolinera está a 400 km... los chacales aúllan relamiéndose con su posible cena y el típico psicópata acecha en lontananza. Pues si le quitas el desierto y le pones pinos tienes el tramo entre Valladolid-Soria o Burgos-Soria. Espero, eso sí, que sin psicópatas!.
Volviendo a nuestra ruta, dentro del Alentejo, uno de los principales núcleos turísticos es Évora, declarada patrimonio de la humanidad. Así que ese fue el destino al que primero dirigí mis pasos (bueno, mis ruedas). Évora es un pueblo que ya visité en una excursión a Lisboa que hice con la facultad. Recuerdo que me pareció un sitio muy bonito, pero lo vimos deprisa y corriendo. Así que tenía ganas de volver y verlo en condiciones. Está a unos 80 km de Badajoz, y, como os he dicho antes, toooodo el camino de autopista.
Al rato de ir conduciendo caigo en la cuenta de que en Portugal hay... una hora menos!!!. Así que en vez de las 9 de la mañana son las 8 y estarán todos los monumentos cerrados... qué desastre!. Así que claro, no había ni un alma por la carretera, un sábado a las 8...
Decidimos igualmente parar en Évora, aunque solo fuera para desayunar. Aparqué en una placita y nos dirigimos a patita, y por pura intuición, hacia donde se veían las torrecitas de una iglesia grande. Tuvimos suerte porque acabamos llegando a la plaza mayor. Todo el pueblo son casitas blancas, alguna con la fachada alicatada de los típicos azulejos pintados portugueses, rejas en las ventanas y las carreteras con adoquines. Muy típico todo. En la plaza mayor, una cafetería abierta!! Aleluya!!. Otra de las grandes cosas de Portugal es la comida, en particular la bollería y los dulces en general. En esa cafetería estaban sacando del horno bandejas de cosas ricas recién hechas... ñam ñam!. Me pedí un té negro (um cha preto), con una tartaleta de manzana que estaba de muerte natural. Así, con algo de glucosa llegando a mi cerebro, ya sí podía empezar a hacer turismo. En esa plaza (Praça de Giraldo), además del ayuntamiento y unos soportales con bares, hay una bonita fuente y una iglesia donde no pudimos entrar porque, aunque había un señor limpiando la entrada con una manguera, no nos dejó pasar porque estaba cerrado. Así que volvimos a usar el truco de: sigue hacia la torre más alta. Así conseguimos llegar a la catedral. Nunca he podido ver por dentro esta catedral, yo no sé si suelen abrirla al público. Si la rodeas, por uno de los lados está el popularmente conocido como Templo de Diana (y mal llamado, por lo que he leído en internet). Es como encontrarte de repente con un cachito del partenón, ahí, en medio del pueblo.
Detrás del templo hay un trocito de la antigua muralla y un mirador hacia el sur del pueblo, que es la parte nueva y no tiene nada de particular. Al otro lado del templo está la Posada dos Loios, que ahora es un hotel, creo, y debe tener una capillita muy mona (pero que estaba cerrada también...). Dieron las nueve en el reloj de alguna de las múltiples iglesias y decidimos volver a la plaza mayor para que nos dieran un plano en turismo y decidir qué más ver. En el camino, en un plaza pequeñísima, entramos en una iglesia que por fuera no tiene nada de particular, pero que por dentro es preciosa. Está absolutamente toda pintada con frescos en las paredes, el techo... por desgracia ni idea de cómo se llama. Está bajando de la catedral hacia la plaza de Giraldo, creo que junto a una calle que según el mapa puede ser el Largo de S. Tiago. En fin, que os recomiendo que la busquéis y callejeéis un poco, es un pueblo que merece perderse y dar unas vueltecillas (y esto, viniendo de una adicta a los mapas, es muy fuerte!!).
Plano en mano, mi amigo se empeñó en ver el "castelo velho". Y no hubo manera de encontrarlo. Creo que solo quedaba viva una pared, así que fue un poco chasco. Después, fuimos a la iglesia de San Francisco, que es bonita, pero su mayor atractivo turístico está en la parte del claustro, por donde se entra a la famosa "capilla de los huesos" (Capela dos Ossos). Es una de estas capillas inquietantes que han salido en algún programa de "Cuarto Milenio", donde las paredes y el techo están enteramente forrados de huesos de gente: calaveras y huesitos varios. En la entrada se lee la famosa inscripción "nosotros, huesos que aquí estamos, por los vuestros esperamos". Todo muy tétrico, pero tenía muchas ganas de verla. Es bastante pequeñita, pero la verdad es que impresiona. Es el único sitio donde pagamos por entrar, pero fue barato, como uno o dos euros.
Tras ver San Francisco decidimos continuar nuestro camino. Pusimos rumbo a la zona de Setúbal, donde yo quería ir a ver el parque natural de la Arrábida. Hay desde Évora otros 80-90 km. Cruzas entero el pueblo, siguiendo en dirección de S'Arrábida-praias. Y de repente pasas de estar en un pueblo costero a estar en medio del monte, con árboles a ambos lados, una montaña que flipas a la derecha y un precipicio hacia el mar a la izquierda. La tremenda faena fue que cuando entramos en esa zona, se echó una niebla espesa espesa, era como ir atravesando leche condensada. Una pena, porque ese paisaje es muy muy bonito, pero no se veía tres encima un burro!!. Llegamos a la playa de Figueirinha, una de las playas más cercanas para los pacenses. El sitio está muy bien, pero con aquel tiem
De allí volvimos a Setúbal, mi gozo en un pozo por la niebla de las narices. Subimos a una especie de castillo-fuerte que está en una montaña sobre el pueblo. No me acuerdo del nombre. Ahora es un hotel, como la mayoría de los sitios históricos que no se caen a pedazos. En este, para sacar dinero, tenían expuesto en la entrada un coche. Quedaba fatal, no pegaba ni con cola. ahí con las murallas medievales. En fin, de algún sitio hay que sacar fondos para restaurar estas cosas.
No hace falta entrar al hotel para poder ver las vistas, que son lo más bonito. Se divisa todo el mar hacia un lado, y el monte, con sus molinos y sus casonas al otro. Y puedes jugar a subirte por las minialmenas y hacer un poco el cabra, que es algo que siempre me ha gustado (que se lo pregunten a mis padres, de cuando íbamos a Valonsadero y los niños parecían dos cabrillas montesas por las piedras).
Tras un buen surtido de fotos desde las alturas, bajamos al pueblo. Aunque era un poco pronto, fuimos a comer, porque los portugueses son muy europeos para eso, y a la 13:30 ya estaban todos "jalando". Escogimos un restaurante con terraza que estaba lleno de gente de allí (eso suele ser un buen indicador de calidad), y nos pusimos de marisco hasta arriba. Por 20 euritos por cabeza una bandeja de gambas, otra de almejas y un centollo gigante (una sapateira), con lo de enmedio hecho pasta para untar, pan tostadito...ñam ñam!!.
Con el estómago lleno, cogimos el coche de nuevo y marchamos rumbo a Lisboa. Hay poca distancia entre Setúbal y Lisboa, como 50 km. Ya era un poco tarde, y no iba a dar tiempo de ver mucho, pero aún así, decidimos probar suerte. Entré a Lisboa por la parte norte, y ahí siguiendo las señales de "centro ciudad", y el fantástico GPS interno heredado de mi señor padre, pude llegar sin preguntarle a nadie hasta la praça du Rossio. Y hacía como 8 años de la última vez que había estado!. A veces adoro mis genes!!!.
En el centro, paseíto por las calles peatonales hasta la praça du Comercio (que está toda en obras y no se ve nada, una mierda, si vais a ir mirarlo antes), compra de algún souvenir y coger el coche porque se estaba haciendo muy tarde (no por la hora, sino por el sol, que empezaba a escasear). Subimos hasta el Castillo de San Jorge. He de decir que solo tiene una entrada, y por mi cabezonería dimos una vuelta terrible... ejem. Pero así vimos las vistas desde los cuatro puntos cardinales... algo bueno tenía que tener la metedura de pata. Ya en el castillo, nos dio tiempo a hacer unas pocas fotos y de repente ya era de noche cerrada. Eso sí, tengo unas fotos de atardecer lisboeta (se dice así, creo) preciosísísísísísímaaaas!. El exterior estaba iluminado, pero el interior no, pa'habernos matao!, allí brincando por las murallas a oscuras. Eso sí, estaba perfecto para celebrar Halloween, que era esa noche!. Hasta había alguno que iba disfrazado ya.
Ya súper tarde y con un dolor de pies considerable tras todo el día pateándonos Portugal y de un lado a otro como los feriantes, volvimos a Badajoz.
Nos dio tiempo hasta de ver el segundo tiempo del partido del atleti, que casi mejor no haberlo visto, porque menuda paliza. Sobre todo para mi amigo, atlético hasta la médula, que se quedó más depre... a ver si el atleti espabila, porque vaya temporadita nos está dando, cagüentoloquesemenea!.
Otro día, más. Que llevo aquí un buen rato contando batallitas viajeras. Si habéis leído hasta el final, GRACIAS!